Patricia Ramos Peralta.
Hermana del oficial César Ramos Peralta, fallecido hace un mes en una incursión terrorista en Huancavelica.
"Los mandaron con 5 falcs al monte y los terroristas les metieron instalazas.
Están ahí los terroristas, todo el tiempo, jugando fútbol.
A mi hermano y sus compañeros los mandaron en una camioneta que tiene las puertas malogradas, que no se abren. Se murieron carbonizados.
Dice ahora el comandante que se está actuando
¿Qué se está haciendo?
¡Díganme! ¿qué se está haciendo?
Yo no dije nada ese día, hace un mes cuando los enterraron. Ahora digo.
Ahora he llorado porque ha muerto otro hermano policía
¡¿Qué se está haciendo?!
Mi hermano era el oficial Ramos César, de 24 años.
Estaba en el sexto ciclo de derecho, era un orgullo para todos... De la comisaría deTayacaja en Huancavelica".
(fuente: canal N)
martes, 25 de diciembre de 2007
martes, 18 de diciembre de 2007
Happiness
Hoy, sentada en un Starbucks de San Isidro, tomando un infusión helada de Brambleberry (caffeine free). Después de haber comprado 3 regalos de navidad en Falabella, zapatos altos color turquesa en Ripley. Haberme hecho pedicura con baño de parafina, aroma de menta-manzana, y encontrar el perfecto sostén negro talla 36-b. Me pregunté, por millonésima vez si yo era realmente feliz.
Sigo hace rato a un niño que trabaja al otro lado del vidrio. Sonríe cuando le dan un par monedas por limpiar la luna de un carro que ha parado en el semáforo... Un trago más de mi impronunciable brebaje para terminar de convencer a mi paladar que no fue la mejor elección. Sin embargo, de acuerdo a las nutricion facts su alto contenido de marionberry puede ayudarme a solucionar cualquier apretado asunto este fin de año...
La verdad, esa es mi interpretación, es más algo así como:
"Relájese del quehacer cotidiano, las preocupaciones y el stress. Tome Brambleberry"
-¿Soy feliz?
Vuelvo a preguntarme, ahora en voz alta.
Como me gusta complicarme la vida con preguntas tan necias. Que complicada soy siempre.
-Compro (todo el tiempo) en Falabella... Y en cualquier sitio
Me respondo.
Pero eso no es ser feliz, hasta yo me doy cuenta.
Entonces se me ocurre recordar momentos en los que sé fui feliz...
Fui feliz una tarde caliente de diciembre de 1998 en la universidad Católica.
Era la semana de Arte o algo así. Había un concierto dentro de un salón de clases. Un niño de la misma facultad, medio stone, empieza a cantar la historia de un chullo que perdió en una combi. Todos, al unísono, se ponen a poguear.
Entonces Javier, mi enamorado, arremete contra 3 tipos grandotes. Luego me mira inocente y sonrie.
Fui feliz esa tarde y ese día completo.
Vinimos a mi casa, a la noche, e hicimos el amor a escondidas en la zotea abandonada, calladitos, con miedo a que alguien nos descubra. Más tarde en el paradero, antes que se vaya, y como decía la canción de La Pura Purita: Esperamos la 78, la ruta y la prosperidad (en la esquina feliz).
A pesar que estuvimos 8 años juntos, no llegó nunca a lado de Javier. La prosperidad digo, ni la 78 (porque por mi casa sólo pasaba la 31). A Javier seguro le llegará con su nueva novia o con otra del futuro incierto. Igual fui feliz con él muchas veces. Muchos días, muchas horas, muchos minutos y segundos...
Lo quiero aún al negro, lo quiero mucho, aunque no lo vea hace más de dos años.
Sigo hace rato a un niño que trabaja al otro lado del vidrio. Sonríe cuando le dan un par monedas por limpiar la luna de un carro que ha parado en el semáforo... Un trago más de mi impronunciable brebaje para terminar de convencer a mi paladar que no fue la mejor elección. Sin embargo, de acuerdo a las nutricion facts su alto contenido de marionberry puede ayudarme a solucionar cualquier apretado asunto este fin de año...
La verdad, esa es mi interpretación, es más algo así como:
"Relájese del quehacer cotidiano, las preocupaciones y el stress. Tome Brambleberry"
-¿Soy feliz?
Vuelvo a preguntarme, ahora en voz alta.
Como me gusta complicarme la vida con preguntas tan necias. Que complicada soy siempre.
-Compro (todo el tiempo) en Falabella... Y en cualquier sitio
Me respondo.
Pero eso no es ser feliz, hasta yo me doy cuenta.
Entonces se me ocurre recordar momentos en los que sé fui feliz...
Fui feliz una tarde caliente de diciembre de 1998 en la universidad Católica.
Era la semana de Arte o algo así. Había un concierto dentro de un salón de clases. Un niño de la misma facultad, medio stone, empieza a cantar la historia de un chullo que perdió en una combi. Todos, al unísono, se ponen a poguear.
Entonces Javier, mi enamorado, arremete contra 3 tipos grandotes. Luego me mira inocente y sonrie.
Fui feliz esa tarde y ese día completo.
Vinimos a mi casa, a la noche, e hicimos el amor a escondidas en la zotea abandonada, calladitos, con miedo a que alguien nos descubra. Más tarde en el paradero, antes que se vaya, y como decía la canción de La Pura Purita: Esperamos la 78, la ruta y la prosperidad (en la esquina feliz).
A pesar que estuvimos 8 años juntos, no llegó nunca a lado de Javier. La prosperidad digo, ni la 78 (porque por mi casa sólo pasaba la 31). A Javier seguro le llegará con su nueva novia o con otra del futuro incierto. Igual fui feliz con él muchas veces. Muchos días, muchas horas, muchos minutos y segundos...
Lo quiero aún al negro, lo quiero mucho, aunque no lo vea hace más de dos años.
jueves, 13 de diciembre de 2007
fierro, tierra, cemento
Ayer en la tarde, relajada, esperaba junto a la cabina de locución recitar de la mejor forma posible el texto para mi nuevo informe. El programa del "Señor de las Palabras" todavía se estaba grabando. 10 o 15 minutos más, me confirmaron. Cansada por un día arduo, me entretuve mirando a Samantha conversar alegre por el celular... Estaba más feliz que de costumbre. Sus ojos tenían un brillo particular y su voz, normalmente grave, se oía suavecita, ligera, como de quinceañera enamorada. Nunca ví tan linda a Samantha como esa tarde, susurrandole al celular.
De pronto, una niña de prensa irrumpió en la sala. Pareció no vernos, pasó apurada y se ubicó frente al monitor principal. Un anuncio importante, dijo.
Un cadáver habia sido encontrado.
Esa mañana en una construcción en La Victoria, varios obreros quedaron sepultados después de caerles encima grandes cantidades de fierro, tierra y cemento.
¡Van a sacar al muerto! ¡Van a sacar al muerto!
Repitió varias veces la niña de prensa. De tal modo, de tal forma, que me hizo creer, un sólo minuto, que se iba sacar de la tierra un tesoro y no un muerto.
¡Miren la cámara del N!
Fue su siguiente anuncio (dirigiéndose, creo, a sus compañeros).
La cámara del N era la más cercana al cadáver.
Si muere el familiar de un buen amigo ¿no debemos acaso hacer lo necesario para aminorar el dolor de nuestro amigo?
¿Qué pasa si la tragedia nos llega a todos? ¿Si la tragedia es nacional? ¿Si la tragedia conmociona al mundo entero?
Como cuando choca un bus lleno de escolares en la carretera al Cuzco.
Como cuando hay un terremoto en el sur que deja heridas profundas.
Como cuando ves a un niño muriendo en un país sin nombre del África oscura.
Como cuando se matan en una franja absurda, hombres que comparten la misma tierra.
No hay dolor ajeno.
Y así como el dolor es de todos, el respeto ante la muerte también lo merecemos todos.
Con la muerte del propio y del ajeno, el respeto no debe faltar.
Vallejo lo dijo, nada de lo humano nos debe ser ajeno...
El dolor es humano y universal.
Y HUMANO, nuevamente. Y HUMANO, nuevamente.
De pronto, una niña de prensa irrumpió en la sala. Pareció no vernos, pasó apurada y se ubicó frente al monitor principal. Un anuncio importante, dijo.
Un cadáver habia sido encontrado.
Esa mañana en una construcción en La Victoria, varios obreros quedaron sepultados después de caerles encima grandes cantidades de fierro, tierra y cemento.
¡Van a sacar al muerto! ¡Van a sacar al muerto!
Repitió varias veces la niña de prensa. De tal modo, de tal forma, que me hizo creer, un sólo minuto, que se iba sacar de la tierra un tesoro y no un muerto.
¡Miren la cámara del N!
Fue su siguiente anuncio (dirigiéndose, creo, a sus compañeros).
La cámara del N era la más cercana al cadáver.
Si muere el familiar de un buen amigo ¿no debemos acaso hacer lo necesario para aminorar el dolor de nuestro amigo?
¿Qué pasa si la tragedia nos llega a todos? ¿Si la tragedia es nacional? ¿Si la tragedia conmociona al mundo entero?
Como cuando choca un bus lleno de escolares en la carretera al Cuzco.
Como cuando hay un terremoto en el sur que deja heridas profundas.
Como cuando ves a un niño muriendo en un país sin nombre del África oscura.
Como cuando se matan en una franja absurda, hombres que comparten la misma tierra.
No hay dolor ajeno.
Y así como el dolor es de todos, el respeto ante la muerte también lo merecemos todos.
Con la muerte del propio y del ajeno, el respeto no debe faltar.
Vallejo lo dijo, nada de lo humano nos debe ser ajeno...
El dolor es humano y universal.
Y HUMANO, nuevamente. Y HUMANO, nuevamente.
lunes, 10 de diciembre de 2007
El toner (texto extraviado y encontrado)
En mi oficina hace 2 semanas no podemos imprimir.
El toner se acabó. Declaró hoy, el sr. Hermoza
En esos alocados e inexplicables arranques de aventura, propios de mi esquiva juventud, decidí ir yo misma en busca de un nuevo toner. (¿Qué es un toner sr. Hermoza?)
paso 1, conseguir una pecosa.
(Importante: Pecosas aquí no son las niñas con caras rosadas y bucles dorados)
Al tercer piso, paso 2. Porque la única pecosa que hay en mi oficina es del 2005. En el tercer piso nadie me dice dónde puedo conseguir otra. Paso 3, encontrar a la señora Lucía.
En Logística puedes conseguir pecosas de este año. Me cuenta la señora Lucía, sonriente.
Logística está en el otro edificio, cruzando la calle. Las oficinas de producción están ahí, en el primer y segundo piso. Más arriba está todo lo demás. Lo demás porque no sé exactamente que tanto hay arriba.
Sé que en el tope máximo vive el señor Matías, un solitario señor de cabeza redonda...
En su oficina, reza la leyenda, viven arrumados en folios amarillos, contratos y documentos de los tiempos primeros: Firmas de gerentes que ya no están, fotos de mohosas de antiguos practicantes, memos a máquina de escribir y pliegos de papel bulki, que aguantan contra todo pronóstico, el paso de los años.
También sé, porque me contó Martina, que donde el señor Matías no llega la línea telefónica ni el ascensor. Si llega la internet.
En el cuarto piso está personal. Ahí suelo ir de mes en mes para firmar mis pagos... Al tercer piso nunca fui. Tampoco al quinto, ni al séptimo, ni al sexto.
Dicen, las malas lenguas que después que la secretaria de logística me regale una pecosa. Claro, si tiene y está de buen ánimo. Y después de llenar esa pecosa con mil detalles. Deberé volver al tercer piso a buscar a otra secretaria. A ella le debo entregar el documento firmado (sacramentado, en este caso particular).
Luego esperaremos, pacientes todos, en la oficina.
Desde el almacén principal en unas semanas llegará un nuevo toner.
Tampoco conozco el almacén principal. Aunque hoy me comuniqué con su jefe (paso n... perdí la cuenta). Me dictó amablemente un código indescifrable por el auricular. Agradecí amable también.
Al final no fue tan difícil conseguir un nuevo toner...
Claro que aún no lo consigo.
El toner se acabó. Declaró hoy, el sr. Hermoza
En esos alocados e inexplicables arranques de aventura, propios de mi esquiva juventud, decidí ir yo misma en busca de un nuevo toner. (¿Qué es un toner sr. Hermoza?)
paso 1, conseguir una pecosa.
(Importante: Pecosas aquí no son las niñas con caras rosadas y bucles dorados)
Al tercer piso, paso 2. Porque la única pecosa que hay en mi oficina es del 2005. En el tercer piso nadie me dice dónde puedo conseguir otra. Paso 3, encontrar a la señora Lucía.
En Logística puedes conseguir pecosas de este año. Me cuenta la señora Lucía, sonriente.
Logística está en el otro edificio, cruzando la calle. Las oficinas de producción están ahí, en el primer y segundo piso. Más arriba está todo lo demás. Lo demás porque no sé exactamente que tanto hay arriba.
Sé que en el tope máximo vive el señor Matías, un solitario señor de cabeza redonda...
En su oficina, reza la leyenda, viven arrumados en folios amarillos, contratos y documentos de los tiempos primeros: Firmas de gerentes que ya no están, fotos de mohosas de antiguos practicantes, memos a máquina de escribir y pliegos de papel bulki, que aguantan contra todo pronóstico, el paso de los años.
También sé, porque me contó Martina, que donde el señor Matías no llega la línea telefónica ni el ascensor. Si llega la internet.
En el cuarto piso está personal. Ahí suelo ir de mes en mes para firmar mis pagos... Al tercer piso nunca fui. Tampoco al quinto, ni al séptimo, ni al sexto.
Dicen, las malas lenguas que después que la secretaria de logística me regale una pecosa. Claro, si tiene y está de buen ánimo. Y después de llenar esa pecosa con mil detalles. Deberé volver al tercer piso a buscar a otra secretaria. A ella le debo entregar el documento firmado (sacramentado, en este caso particular).
Luego esperaremos, pacientes todos, en la oficina.
Desde el almacén principal en unas semanas llegará un nuevo toner.
Tampoco conozco el almacén principal. Aunque hoy me comuniqué con su jefe (paso n... perdí la cuenta). Me dictó amablemente un código indescifrable por el auricular. Agradecí amable también.
Al final no fue tan difícil conseguir un nuevo toner...
Claro que aún no lo consigo.
domingo, 9 de diciembre de 2007
futuro / incertidumbre
F - U - T = D - U - M
Leo un comentario de Pavel, mi amigo huidizo que vive en Tokio hace unos meses. Está confundido Pavel, mezcla una sílaba con otra.
Luego mi mamá me llama a almorzar y tengo una de esas discusiones eternas sobre política en la mesa de domingo.
Mi hermana se molesta. Mi papá se contradice, porque el mundo ha cambiado y él ha cambiado también. Yo te escuché antes papá. Yo siempre te escuché, pero tu ya no te acuerdas.
Ursula sigue molesta, porque no cree que yo deba confundirme como Pavel:
FUTURO - INCERTIDUMBRE.
¡Que va! Si ahora crecemos más que la China.
Le cuento a mi hermana que mis amigos trabajan 12 horas.
Carolina y mi mamá escuchan.
Papá dice que él también trabaja 12 horas. Yo también trabajo 12 horas y no es lo mismo, papá.
Ursula sigue molesta. Va a seguir molesta porque ataco, dice.
Igual que tu me confundo Pavel: FUTURO - INCERTIDUMBRE.
Fu - dum / futuro - costumbre
Llévame a Tokio Pavel
¿Recuerdas?
Un día borrachos te arrodillaste en la vereda solitaria a media noche y me pediste matrimonio. Querías llevarme contigo, creo, para no sentirte solo.
jueves, 6 de diciembre de 2007
Ferrocarril. De Lima a La Paz
Llegué a La Paz junto a 4 ataúdes azules.
No es broma. Uno de los terminales terrestres de esa ciudad está junto al cementerio principal. A las 9 y 10 de la noche del lunes 3 de diciembre mi combi procedente de Desaguadero aterrizó en la capital boliviana.
De Juliaca había salido al medio día con sol radiante. A mitad del viaje, sin embargo, empezó una copiosa lluvia de verano... Vi pasar mojados, a traves de un vidrio sucio, Huancané, Taraco, Ayaviri, y varios pueblos más.
Mi castigo no fue eterno. Ese día del gran Titicaca y de sus aguas profundas y oscuras, 7 colores salieron a darme la bienvenidad.
Como de no creer.
Los Apus, el dios wiracocha y el gran dios sol, todos presentes en una puesta maravillosa. Una que jamás presencié en mi ciudad gris: Un arco de colores intensos atravesando todo el cielo serrano.
Ya lo dije, nada es eterno. El espectáculo celeste acabó y la lluvia volvió con más fuerza.
Yo, mientras tanto, jugaba a ser hippie, buscando de combi en combi el precio más barato. Pasé Puno, pasé Ilave, y nadie sospechó felizmente, que mi cartera morada tenía otra nacionalidad y que mi bolso Meche Correa fue comprado en Dédalo a precio de temporada...
En fin, mi regateo fue exitoso: 4 combis y 18 soles para llegar a mi destino final. 18 soles que incluyeron una coca cola de medio litro y una bolsa de maníes.
Seguí mi viaje adormilada en el último asiento de una camioneta nueva, viendo desde la ventana como los caminos de tierra y asfalto y decenas de pueblitos de frontera se inundaban poco a poco con gordas lágrimas de agua.
Debes bajar por la montaña media hora más o menos. Todo se ve negro. De pronto miles de luces parecen salir flotando de un gran hueco en la tierra. Esa es la Paz, me dijo un compañero de viaje. Mira hacia abajo, agregó el chofer.
No hay otra ciudad como La Paz. Por lo menos de noche.
Millones de estrellitas conviven tranquilas dentro de una gran cavidad oscura. Es pura magia.
No me dejaron en la estación central, sino en una especie de terrapuerto informal que funciona junto al cementerio.
Justo cuando el chofer paró, delante se plantaron 2 gruesos cobrizos a descargar ataúdes azules. Ataúdes vacíos, felizmente. No había visto ataúdes tan azules antes.
Cosa particular la muerte en La Paz, pensé en ese momento.
Sin embargo no es a los muertos ni a los ataúdes a quien se les debe prestar atención en ese cementerio... Estaba completamente empapada, mis dos chompas de lana negra no habían aguantado largo aguacero (7 horas de lluvia). Mis jeans se habían mojado hasta las rodilla y mis piernas ya empezaban a temblar. Llamé a Pablo entonces.
En el 2001, la noche de año nuevo en Cuzco, conocí a Pablo y Nicolás, dos estudiantes bolivianos que paseaban por el Perú. Yo estaba con Fabiola, una de mis mejores amigas, también de vacaciones.
Fue rápida la conexión. Feliz año nuevo, creo que dijimos. Luego, esa noche y el resto de la semana, fue bailar, emborracharse, caminar y conocer... Fumamos hierba viendo desde lo alto Sacsaihuaman y comimos sardinas de lata con galletas de soda en el cuarto del hotel.
Nada mejor que tener 20 años y estar sólo en una ciudad extraña. Nada mejor que tener 20 años y estar con 3 buenos amigos en una ciudad extraña.
Poco después llegamos todos a Lima. Entonces fuimos a bailar al Sargento y nos emborrachamos (más) en el Pollo Pier. Ahora caminábamos junto al mar tibio de enero y paseábamos por Miraflores y el cerro San Cristobal.
Vuelvo a La Paz.
Han pasado más de 7 años de Barranco, y me voy de su ciudad y del hoyo inmenso en la tierra. Y veo lejos sus edificios ocres y anaranjados. De día la ciudad no es tan bonita como de noche.
Al fondo, bien atrás, está la inmensa montaña. Nicolás me dijo como se llamaba y no le hice caso. Con el sol de tarde, esa montaña parece de plata.
Las ciudades son gente, dijo un aquitecto alguna vez. Más allá de sus construcciones son historias. Historias que mezclan y se entrelazan. La Paz, entonces, es para mí Pablo y Nicolás. Y aunque no tenga mucho sentido también Fabiola, que vive en Alemania... Mis 3 buenos amigos.
Hoy todos distintos, creo: Pablo es médico cirujano, Nicolás es sociólogo, Fabiola vive en Europa estudiando artes plásticas. Y yo llegué a la Paz porque en Puno debía hacer algunos reportajes.
¿Nada queda de esos 4 de Cuzco del 2001?
Ya pasé Desaguadero Perú (también hay uno Bolivia, igual de feo y peligroso). Sellé el pasaporte y repartí mis últimos bolivianos a mendigos.
El titicacaca es azul densísimo y los parajes se hacen cada vez más grandes. Los pastos verdosos se extienden kilómetros tras kilómetros. De pronto un fantasma nace de la nada, un aparecido de falda fucsia que pasea a lado del camino.
¿De dónde vienes?
¿A dónde vas?
¿No te diste cuenta que aquí hay nada?
Pero la camioneta blanca que me lleva de vuelta a Juliaca va muy rápido. Apenas puedo voltear la cabeza y ver sus pasos lentos en medio del frío.
El cielo te quiere tragar aparecido. Las montañas de más allá también te quieren comer. Ten cuidado aparecido... Eso le voy a decir un día a ese fantasma, cuando lo vuelva ver.
El próximo año Pablo se muda a Madrid para terminar una especialización en cirugía. Además de las bondades de la educación europea, dice que está cansado del caos político de su país. No le gusta que siempre haya guerra en La Paz.
Nicolás, en cambio, está convencido del proceso histórico y revolucionario que vive Bolivia. Orgulloso como nadie de haber bloqueado carreteras junto a los indígenas en el altiplano, continuará trabajando en los programas de alfabetización que promueve el gobierno de Evo Morales.
6:40 de la tarde: Vuelvo a Lima. El cielo parece de película. Dice la aeromoza que ya vamos a aterrizar. Yo nunca había visto un cielo tan bonito sobre Lima...
Ahí aparece el colchón de espuma, quiero cruzarlo para llegar a rápido a mi casa. Y no quiero porque nunca he visto un cielo tan bonito sobre Lima.
Las luces tiemblan.
-Tripulación estamos próximos para el aterrizaje. Dice el capitán
Mis compañeros de asiento no han parado de besarse desde Arequipa.
Un vacío en el estómago.
Él mira su reloj y ella se recuesta en su pecho después de darle un último beso en los labios.
Un golpe seco y otro más.
-Señoras y señores, bienvenidos a la ciudad de Lima, este es el aeropuerto internacional Jorge Chávez...

Lima, 2001
No es broma. Uno de los terminales terrestres de esa ciudad está junto al cementerio principal. A las 9 y 10 de la noche del lunes 3 de diciembre mi combi procedente de Desaguadero aterrizó en la capital boliviana.
De Juliaca había salido al medio día con sol radiante. A mitad del viaje, sin embargo, empezó una copiosa lluvia de verano... Vi pasar mojados, a traves de un vidrio sucio, Huancané, Taraco, Ayaviri, y varios pueblos más.
Mi castigo no fue eterno. Ese día del gran Titicaca y de sus aguas profundas y oscuras, 7 colores salieron a darme la bienvenidad.
Como de no creer.
Los Apus, el dios wiracocha y el gran dios sol, todos presentes en una puesta maravillosa. Una que jamás presencié en mi ciudad gris: Un arco de colores intensos atravesando todo el cielo serrano.
Ya lo dije, nada es eterno. El espectáculo celeste acabó y la lluvia volvió con más fuerza.
Yo, mientras tanto, jugaba a ser hippie, buscando de combi en combi el precio más barato. Pasé Puno, pasé Ilave, y nadie sospechó felizmente, que mi cartera morada tenía otra nacionalidad y que mi bolso Meche Correa fue comprado en Dédalo a precio de temporada...
En fin, mi regateo fue exitoso: 4 combis y 18 soles para llegar a mi destino final. 18 soles que incluyeron una coca cola de medio litro y una bolsa de maníes.
Seguí mi viaje adormilada en el último asiento de una camioneta nueva, viendo desde la ventana como los caminos de tierra y asfalto y decenas de pueblitos de frontera se inundaban poco a poco con gordas lágrimas de agua.
Debes bajar por la montaña media hora más o menos. Todo se ve negro. De pronto miles de luces parecen salir flotando de un gran hueco en la tierra. Esa es la Paz, me dijo un compañero de viaje. Mira hacia abajo, agregó el chofer.
No hay otra ciudad como La Paz. Por lo menos de noche.
Millones de estrellitas conviven tranquilas dentro de una gran cavidad oscura. Es pura magia.
No me dejaron en la estación central, sino en una especie de terrapuerto informal que funciona junto al cementerio.
Justo cuando el chofer paró, delante se plantaron 2 gruesos cobrizos a descargar ataúdes azules. Ataúdes vacíos, felizmente. No había visto ataúdes tan azules antes.
Cosa particular la muerte en La Paz, pensé en ese momento.
Sin embargo no es a los muertos ni a los ataúdes a quien se les debe prestar atención en ese cementerio... Estaba completamente empapada, mis dos chompas de lana negra no habían aguantado largo aguacero (7 horas de lluvia). Mis jeans se habían mojado hasta las rodilla y mis piernas ya empezaban a temblar. Llamé a Pablo entonces.
En el 2001, la noche de año nuevo en Cuzco, conocí a Pablo y Nicolás, dos estudiantes bolivianos que paseaban por el Perú. Yo estaba con Fabiola, una de mis mejores amigas, también de vacaciones.
Fue rápida la conexión. Feliz año nuevo, creo que dijimos. Luego, esa noche y el resto de la semana, fue bailar, emborracharse, caminar y conocer... Fumamos hierba viendo desde lo alto Sacsaihuaman y comimos sardinas de lata con galletas de soda en el cuarto del hotel.
Nada mejor que tener 20 años y estar sólo en una ciudad extraña. Nada mejor que tener 20 años y estar con 3 buenos amigos en una ciudad extraña.
Poco después llegamos todos a Lima. Entonces fuimos a bailar al Sargento y nos emborrachamos (más) en el Pollo Pier. Ahora caminábamos junto al mar tibio de enero y paseábamos por Miraflores y el cerro San Cristobal.
Vuelvo a La Paz.
Han pasado más de 7 años de Barranco, y me voy de su ciudad y del hoyo inmenso en la tierra. Y veo lejos sus edificios ocres y anaranjados. De día la ciudad no es tan bonita como de noche.
Al fondo, bien atrás, está la inmensa montaña. Nicolás me dijo como se llamaba y no le hice caso. Con el sol de tarde, esa montaña parece de plata.
Las ciudades son gente, dijo un aquitecto alguna vez. Más allá de sus construcciones son historias. Historias que mezclan y se entrelazan. La Paz, entonces, es para mí Pablo y Nicolás. Y aunque no tenga mucho sentido también Fabiola, que vive en Alemania... Mis 3 buenos amigos.
Hoy todos distintos, creo: Pablo es médico cirujano, Nicolás es sociólogo, Fabiola vive en Europa estudiando artes plásticas. Y yo llegué a la Paz porque en Puno debía hacer algunos reportajes.
¿Nada queda de esos 4 de Cuzco del 2001?
Ya pasé Desaguadero Perú (también hay uno Bolivia, igual de feo y peligroso). Sellé el pasaporte y repartí mis últimos bolivianos a mendigos.
El titicacaca es azul densísimo y los parajes se hacen cada vez más grandes. Los pastos verdosos se extienden kilómetros tras kilómetros. De pronto un fantasma nace de la nada, un aparecido de falda fucsia que pasea a lado del camino.
¿De dónde vienes?
¿A dónde vas?
¿No te diste cuenta que aquí hay nada?
Pero la camioneta blanca que me lleva de vuelta a Juliaca va muy rápido. Apenas puedo voltear la cabeza y ver sus pasos lentos en medio del frío.
El cielo te quiere tragar aparecido. Las montañas de más allá también te quieren comer. Ten cuidado aparecido... Eso le voy a decir un día a ese fantasma, cuando lo vuelva ver.
El próximo año Pablo se muda a Madrid para terminar una especialización en cirugía. Además de las bondades de la educación europea, dice que está cansado del caos político de su país. No le gusta que siempre haya guerra en La Paz.
Nicolás, en cambio, está convencido del proceso histórico y revolucionario que vive Bolivia. Orgulloso como nadie de haber bloqueado carreteras junto a los indígenas en el altiplano, continuará trabajando en los programas de alfabetización que promueve el gobierno de Evo Morales.
6:40 de la tarde: Vuelvo a Lima. El cielo parece de película. Dice la aeromoza que ya vamos a aterrizar. Yo nunca había visto un cielo tan bonito sobre Lima...
Ahí aparece el colchón de espuma, quiero cruzarlo para llegar a rápido a mi casa. Y no quiero porque nunca he visto un cielo tan bonito sobre Lima.
Las luces tiemblan.
-Tripulación estamos próximos para el aterrizaje. Dice el capitán
Mis compañeros de asiento no han parado de besarse desde Arequipa.
Un vacío en el estómago.
Él mira su reloj y ella se recuesta en su pecho después de darle un último beso en los labios.
Un golpe seco y otro más.
-Señoras y señores, bienvenidos a la ciudad de Lima, este es el aeropuerto internacional Jorge Chávez...

Lima, 2001
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