Delante está sentada una niña de ojos perdidos, largas y risadas pestañas, y un lazo aterciopelado que le forma una triste media cola. La niña se parece a mí, excepto por los ojos. Sus ojos son grandes, definidos, de altos párpados.
Los míos son chiquitos, parecidos a los de mi abuelo, con tonos púrpura alrededor... Ojos de rata, les decía Javier cuando los amaba.
A mi costado un hombre grisáceo se queja porque no lo atienden. Luego cambia el tono y describe uno a uno sus síntomas estomacales al tipo de atrás. El tipo de atrás lo mira cansado, un poco aburrido, pero lo mira y lo escucha igual.
Las mujeres de los asientos izquierdos también han empezado a quejarse. Sólo que ellas lo hacen en muy alta voz. Todos escuchamos atentos. Es un lamento común que se convierte de a pocos en un ronquido tibio. Luego se pone más denso y me adormila.
La niña de ojos perdidos empieza a jugar con un globo amarillo que una enfermera le regaló. Luego le cuenta un secreto ajeno a su madre que le acaricia la frente... Escucho entonces por primera vez su vocecita
¿Qué edad tenía yo?
Su madre le responde al oído, de nuevo en secreto. Ella ríe, y río yo con ella.
Mi turno, acaba de anunciar una malhumorada enfermera color turquesa.