miércoles, 25 de junio de 2008

color turquesa

Delante está sentada una niña de ojos perdidos, largas y risadas pestañas, y un lazo aterciopelado que le forma una triste media cola. La niña se parece a mí, excepto por los ojos. Sus ojos son grandes, definidos, de altos párpados.

Los míos son chiquitos, parecidos a los de mi abuelo, con tonos púrpura alrededor... Ojos de rata, les decía Javier cuando los amaba.

A mi costado un hombre grisáceo se queja porque no lo atienden. Luego cambia el tono y describe uno a uno sus síntomas estomacales al tipo de atrás. El tipo de atrás lo mira cansado, un poco aburrido, pero lo mira y lo escucha igual.

Las mujeres de los asientos izquierdos también han empezado a quejarse. Sólo que ellas lo hacen en muy alta voz. Todos escuchamos atentos. Es un lamento común que se convierte de a pocos en un ronquido tibio. Luego se pone más denso y me adormila.

La niña de ojos perdidos empieza a jugar con un globo amarillo que una enfermera le regaló. Luego le cuenta un secreto ajeno a su madre que le acaricia la frente... Escucho entonces por primera vez su vocecita

¿Qué edad tenía yo?

Su madre le responde al oído, de nuevo en secreto. Ella ríe, y río yo con ella.

Mi turno, acaba de anunciar una malhumorada enfermera color turquesa.

jueves, 19 de junio de 2008

Bs As (julio 2007)

Llovía en Buenos Aires.

Llovían gotas gruesas de esas que nunca caen en Lima. Yo caminaba mientras tanto, como un gato helado, dando saltos sobre cada charco de agua que encontraba en la vereda. Tenía un paraguas de 10 pesos en una mano y una cartera verde en la otra. Y frío hasta en las pestañas.

No soy experta en usar paraguas. Mientras lo levantaba contra corriente, imaginaba sus puntitas metálicas insertadas (sin pudor) en los ojos del policía de la esquina, en los de la señora de la parada de bus, en los de la niña que fingía ser punk.

Empezó a hacer más frío y me quedaban 3 cuadras por delante. Llovía más. Apuré entonces tanto el paso, que mis elegantes saltos se convirtieron en histéricos espamos.

Cuando vi mi destino luminoso en la esquina, me agazape toda bajo el paraguas. Intentaba, supongo, protegerme de aquél mundo extraño lleno de extraños. O más bien de Buenos Aires y su tentadora melancolía... Paré un minuto casi sin aliento.

Restaurante en avenida De mayo y 9 de julio, aquél espacio se había convertido en mi refugio. Me senté y demoré en recuperarme. Y demoró más el mozo (el mismo mozo canoso, el de todos los días) en llegar a mi mesa. Pedí café y medialunas calientes con jamón cocido. Y me quedé viendo pasar gente a través de un grueso vidrio. Y recordé eso que dicen siempre en Lima: La avenida 9 de julio es la más grande del mundo.

No se veía tan grande desde mi mesa, junto a mi café y mis medialunas calientes.

martes, 17 de junio de 2008

Jorge Salazar, en la cámara indiscreta de Manuel

(aquí en entrevista con Diana León)

Manuel, mi ex compañero de trabajo y querido amigo, nos trae otra joyita de su cámara indiscreta... Cámara que me hiciera muchas veces renegar y que ha guardado (pese a mi ira no contenida), registros imperecederos. Registros de personajes enigmáticos, sensibles, extraños y maravillosos que Manuel, Diana, Martina, Iris y Bereniz tuvimos la suerte de conocer en los últimos 3 años.

martes, 10 de junio de 2008

Jorge Salazar, en mi memoria

La muerte del periodista Jorge Salazar me sorprendió esta mañana en la mesa del desayuno.

Luego de leer un estupendo artículo de Manuel Eráusquin sobre la vida y obra del viejo redactor, recordé inmediato una entrevista que hicimos mi amigo Manuel y yo al periodista Salazar en el 2006... Entrevista grabada una tarde de invierno acuoso en su pequeño departamento de Miraflores.

Llegamos 5 minutos tarde. Subimos por el ascensor y él nos recibió en el umbral de su puerta blanca con un habano en la mano. Al entrar nos sorprendió a los 4 del equipo, un diminuto espacio. Un hogar que parecía de juguete, repleto sin embargo, de toda clase de libros, arte y vida.

La cocina, a la que me asome un rato después (cuando Jorge ya estaba frente a la cámara), era un cubículo copado hasta el techo por sartenes y ollas, y platos, y tenedores, y cucharas, y vasos, y copas. Todas todos usados.
Si había otra habitación nunca la vi.

Jorge Salzar nos contó esa tarde que su última novela "Los papeles de Damasco", había demorado mucho su publicación. Ha sido un gran esfuerzo darle vida, dijo frente a nuestra cámara.

Mientras conversamos con aquél hombre de piel oscura y densa, Manuel y yo volteábamos a mirar al equipo. Demoraban mucho el asistente y el camarógrafo en colocar correctamente el par de luces viejas y las gelatinas arrugadas. Viendo la ansiedad que nos provocaba el tiempo perdido, Jorge dejó su puro de olor amargo en el cenicero y nos ofreció, amable, algo de comer.
Nos negamos por no importunar.
-¿Entonces, algo de beber?

Y sin poder nosotros responder, sacó él, de alguna gaveta escondida una añeja botella de Oporto.

Una copa para cada uno, en una sala llena de libros y fotos, de historias no olvidadas y de momentos revividos a través de miles (millones) de palabras. Entonces pudimos todos por fin olvidar durante largos minutos las luces, la cámara, el tiempo y hasta la siguiente comisión...

En esa tarde acuosa en Miraflores, fue fácil olvidar el paso rápido del tiempo. Y más rápido olvidarlo con una copa de Oporto tibio que Jorge Salazar amablemente nos invitó.


lunes, 9 de junio de 2008

el poeta Watanabe

Siempre me gusto la poesía de José Watanabe. Incluso antes de entrar a Canal 7 y descubrir que era el mejor amigo de mi antiguo jefe. Y verlo directo en el set verde, recitando aquella poesía a su madre muerta...
Luego, un día en que nada había que hacer, vi en la oficina una entrevista antigua, salvada del olvido y de un casette mohoso.

Eran, supongo, mediados de los 80, y el poeta hablaba de su niñez y de su tierra. Y en sus primeros recuerdos apareció la imagen de un relojero. Porque era aquél relojero, decía el poeta, el hombre más poderoso del mundo. El hombre que podía controlar el tiempo.

Y continuaba su monólogo ante los ojos atentos de un joven señor Hermoza: Y que ingenuos somos los hombres todos que creemos que con un reloj podemos controlar el tiempo. Y sin embargo, aquél relojero era su dueño absoluto...

Y escribió entonces una poesía al dueño y a los hombres todos.

Aquél relato me impactó más que ninguna de sus poesías...
Vaya que era un hombre hermoso.

martes, 3 de junio de 2008

Lima 1998

Jochamowitz nos hace escribir durante dos horas el evento (¿del inglés event? ¿suceso inesperado?) más importante que hayamos vivido en los últimos años. Aquél que haya marcado con sangre, sudor y lágrimas, nuestra primera juventud.

De los 25 de la clase, por lo menos 20 escribimos crónicas que narran las protesta contra los últimos días de Fujimori. Años después, alejada de mi alma mater, veo en mi cama un cortometraje sobre mayo del 68. Y veo correr guapos niños franceses. Y tengo ganas de escribir en mi cuaderno de notas, mis propios recuerdos:

Éramos muchos y fue la primera protesta.
Salimos del patio de Letras y recorrimos casi todas las facultades aumentando el ánimo a un millón. Luego caminamos hasta San Marcos, donde nos sorprendió el primer susto. -Ladrones, alertaron los centinelas, cojan sus mochilas.
Caminamos luego a la Plaza Francia. -A la plaza Francia, grita un dirigente de San Marcos. Y grita muy alto, como ninguno de nosotros gritó antes... Y caminamos sin darnos cuenta donde estábamos.
Entre cantos de adrenalina y poder, la masa y la bulla guiaban esa tarde un extraño ritual juvenil... Aparece de pronto la plaza Francia con mucha gente amontonada: Viejos con periódicos en las axilas, niños boleros, señoras ambulantes, estudiantes universitarios. Otro grito: -Cuiden sus cosas, aquí cualquiera roba.

Vuelvo a poner mi mochila delante. Y guardo mi DNI (mi DNI nuevecito) en el primer bolsillo del jean. Entonces ya estamos todos, en 5 o 6 filas, caminando hacia el congreso.
Soy claustrofóbica, deduzco. Los antiguos edificios que encierran las calles del centro me están quitando el aliento. Se me hace difícil seguir el paso ligero de los demás. Entonces ahí está, con sus paredes sucias y sus rejas negras. -¡Poder al pueblo!

Aquella tarde salimos del patio de Letras, convencidos de la necesidad de una democracia real en el Perú. Eso o queríamos gritar, golpear, correr. El tribunal constitucional debía defenderse y mis amigos debían defenderme a mí: Javier (el merca) y de Mariana (la peina) me tomaban de las manos mientras mientras corríamos por las estrechas avenidas.

Una de esas esferas blancas que alumbraba en las noches el legislativo, recibe un golpe certero de mi amigo Nicky. Entonces, miles de pequeñas esquirlas vuelan sobre nuestras cabezas. Y luego hay un ruido sordo, como un cuete de navidad. El sonido nos sorprende a todos con los ojos al cielo.

Es una bomba lacrimógena, grita alguien atrás. Luego mil botas negras contra el piso. O diez mil. O mil millones. No soy buena calculando.
-Corran

No veo atrás y corro aunque me falte el aliento…Todo se pone oscuro, parece que anocheció en un minuto. Veo apenas, a una cuadra, como golpean a mi amigo de Arte. También golpean a los novios abrazados, esos que siempre se besan en la cafeta. Cierro un ratito los ojos y veo y escucho a las 8:00 de la mañana, a Sol y Federico, caras contritas. Van a compararnos con los hombres del terror.
-Corre

Llegamos a las 7:00 pm a la rotonda de letras, exhaustos y llenos de poder...
Buena esa sensación aquella: Tener lleno el corazón del poder de todos, del poder que no excluye, del poder de niños, del poder de salón de cachimbos que queda ronco de tanto gritar.

Los gritos de mis amigos resuena nuevos en mis oídos cada vez que escucho al ex presidente por la tv. Me queda además una nítida sensación de libertad, que no sentí antes o después de esa tarde, por más nuevas marchas, por más denuncias, por más protestas.

Pero sobre todo, me queda en el recuerdo, el abrazo que él me dio. Porque él nunca fue a las marchas, porque a él nunca le importó. Sólo me espero toda la tarde en la rotonda de Letras. Y a mí no me importó que a él no le importaran la política ni las protestas, porque me dio él, el mejor abrazo de todos.